Ella lo ama. Él es joven y hermoso. A veces, ella no entiende cómo él la desea. Porque él es perfecto: ya lo dijimos, joven y hermoso. Además, es escritor. Todo un intelectual. Y con convicciones políticas: es anarquista, se la juega. Ah. También es músico, compone sus propias canciones. ¿Qué más se le puede pedir a un hombre?
Él la ama. Ella es sabia y tiene una belleza que no muchos pueden entender. No la entienden porque ella nació un par de décadas antes que él. Pero qué noble y cautivante mujer es. Cuando él estuvo en prisión, durante la guerra, le escribía siempre. Y le mandaba comida y todas esas cosas que un soldado puede desear durante la guerra.
Ella lo ama y su amor es voraz. Lo mismo que sus celos. Sus almas se pertenecen pero, es lógico, un hombre joven y hermoso como él tiene mucho levante. Se maquina, se maquina todo el tiempo. A veces lo olvida, pero la máquina de celar funciona bastante seguido. Igual, ella lo ama. Sus besos mojados y jóvenes le hacen olvidar ese pensamiento constante de que su pasión es indebida. La máquina maquina que hay algo no funciona bien en ese amor.
Él la ama. No importa cuántas mujeres jóvenes caigan rendidas a sus pies, presas de su encanto. No importa cuántas minas se coja con sus artilugios de músico y anarquista. No. Él la ama y su amor es un viajero del tiempo: sólo le basta mirarla a los ojos e imaginar cómo habrá sido veinte años atrás.
Esa imagen incierta alimenta todo su amor y todo su deseo.
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