lunes, 25 de noviembre de 2013

¨El chocolatero ya jode¨

Hoy se murió Ricardo Fort.
No pienso hablar ni de la crónica anunciada que fue su muerte -según algunos-
ni tampoco voy a expresar mi indignación por el gran circo mediático que se armó a su alrededor.

Esas interpretaciones ya están gastadas.
Seguramente muchos de nosotros, que leemos de tanto en tanto algún librito que consideramos ¨bueno¨
y en la tele sólo miramos pelis y series de directores ¨renombrados¨

(seguro)

ya destilamos demasiado asombro y ya nos extendimos demasiado
sobre lo mierda que son estos productos de posmodernidad desquiciada.

Ahora, se murió Fort y creo que mi vieja se puso un poco triste.
Mi tío me comentó que los médicos le habían dicho que no podía moverse de la cama
y que él no les prestó atención y siguió haciendo lo que quería (tomar morfina y demases, supongo)
Mi papá, cuando le pregunté qué pensaba del asunto, me dijo
¨fue un pobre tipo¨.

Incluso, mamá soltó, al pasar: ¨lo entiendo porque sé lo que es vivir con dolor físico¨

Más tarde (creo que la muerte de Fort la conmovió particularmente) reiteró:
¨él se quería morir joven¨.

Así es. Se murió Fort y hoy miré Intrusos.
Rial se mandó alta reflexión sobre las contradicciones del ser humano
y sobre cómo el personaje se comió al Ricardo real.
Habló sobre su anhelo por ser querido.
Se preguntó por la verdad de las apariencias y si la apariencia constituye una verdad.
También, dijo que Ricky había sido, él mismo, su obra más grande.
Y que su joven muerte era la escena final, la escena más lograda y rimbombante, de ese loco afán suyo por ser mediático y famoso.
En fin, Rial habló de muchas cosas.
El que quiera cuestiones filosóficas posta, que no se gaste en buscarlas en las academias anquilosadas.
Están al alcance de la mano en cualquier parte.
En un programa de chimentos, por ejemplo.

Agrego: los programas de chimentos
(esos que se regodean con el análisis constante
de lo in-analizable;
esos cuya esencia es discurrir sobre nimiedades)
son las ficciones más efectivas de nuestro tiempo.

Eso, si somos literatos, o pensadores, o lo que sea que nos creamos que somos, se lo tenemos que conceder a la televisión basura. Hay que reconocerle ese mérito.
Logra entremezclar realidad y ficción de manera tal, que mi vieja hoy se puso triste porque se murió un monigote.

Fort se murió. Pero otros monigotes vendrán. Y así seguirán las historias trágico-grotescas de nuestra era.

Brindo por ellas. Y por mi viejo quien, hacia el final del día, un poco cansado del tema, tiró una frase memorable:

¨El chocolatero ya jode¨

domingo, 17 de noviembre de 2013

Una poesía que chorree.

Quiero una poesía que chorree
(grasa, sexo, lo que sea)
una poesía que se saque el saco
que desagrade y espante
una poesía mersa, grasa y cabeza.
una poesía peronista.
una poesía llenas de cumbias y de rachmaninov.
Una poesía que se coma las flores de la revolución
y las cague
convertidas en panes dulces
sidras
y choripanes.
Una poesía vomitiva que me ensucie.
Una poesía asesina
que se atreva a desear lo que no se puede decir
(en voz alta)
Quiero ensuciarme de mi poesía
y de todas esas cosas que la componen:
grasa sexo cumbias y rachmaninov.




domingo, 10 de noviembre de 2013

Autobiográfico, ¿y qué?

El título viene a cuenta de mi aversión hacia aquella escritura que pretende ser meramente autobiográfica.
Una cosa es que cualquier tipo de escritura tenga cierto sustento autobiográfico: intereses, experiencias personales, gustos, preocupaciones de aquella persona o personas que se esconden detrás de la función de autor. Esto puede incidir, claro, en la elección de los temas que se aparecen en su escritura. Pero, otra cosa bien distinta, es convertir el papel en blanco en diván de psicoanalista y volcar, así nomás, sin mediación de nada, todo lo que a uno le pasa (creyendo que, por ponerle un par de rimas, esa cosa amorfa se convierte en un poema).
Esto empeora en el caso de lo que ahora se me ocurre llamar ¨intento de escribir literatura femenina¨. Parece que, por ser mina, los tópicos a elegir se reducen a: ¨los quilos de más¨, ¨el novio que me dejó¨, ¨el chongo que me trata mal¨, ¨aquel pibe que nunca me mandó un mensaje de nuevo¨ y otra sarta de sandeces por el estilo. Tampoco me hago la superada. Tengo que reconocer que, cuando empecé a escribir, se me chispoteó algún que otro intento de poemita plañidero y bobo sobre alguien que no me daba bola. Si buscan con atención, lo van a encontrar en alguna entrada perdida de este blog. En lugar de eliminarlo para siempre, me gusta tenerlo en cuenta para saber cómo no tengo que escribir o, al menos, para recordarme como no quiero volver a escribir.
En fin.
Esta disquisición tiene y no tiene que ver con lo que viene ahora.

Anoche soñé con mi abuela.
Mi abuela se murió hace casi seis meses.
Cada tanto la sueño y, en el sueño, ella me habla. Conversamos. Le cuento de mi cosas. Esto es particularmente valioso para mí porque, en los últimos ocho años de su enfermedad, mi abuela se olvidó quién era, se replegó sobre sí misma, le perdió el gusto -ese gusto tan nuestro- a la charla, a la conversación; esa costumbre de llegar a su casa y que yo le contara todo lo que me había pasado en el día y, ella, me diera algún que otro consejo y me relatara anécdotas legendarias sobre su pasado y su historia. Mi abuela, me doy cuenta, manejaba a la perfección el don de la palabra. Creo que, aún estando viva y estando bien, ella se forjó, para quien quisiera escucharla, el propio mito de sí misma.

Anoche, entonces, soñé con mi abuela.
Antes de dormirme, había estado leyendo una biografía de Evita. Me llamó la atención (en realidad, me encantó) la forma en que Perón, años después, contaba todo lo que le había generado esa chica menudita y rubia, que hablaba sin parar, en su primer encuentro en el Luna Park (ése que evita llamaba mi noche maravillosa):

Yo la miraba y sentía sus palabras que me conquistaban: estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada. Eva era pálida pero mientras hablaba su rostro se encendía como una llama.

Imposible no conmoverse. Quién hubiera pensado que detrás de ese conductor brillante se escondía un romántico empedernido.

(Seguro que acá muchos me van a saltar a la yugular y van a objetar varias cosas de la frase que acabo de escribir. Pero bueno, esos muchos, que se curtan)

Sigo.
El final de la carta que le escribió Perón a Evita:

Muchos pero muchos besos y recuerdos para mi chinita querida.

Mientras leía esto me acordaba de una carta que le escribió mi abuelo Julio a mi abuela un verano del sesenta y tantos, un verano en que ella y mi vieja, chiquita, se fueron a visitar a alguien a Entre Ríos, y mi abuelo quedó solo por unas semanas. Los mismos diminutivos cariñosos y los mismos besos exponenciales enviados por correo.

Más adelante, cuando llegó el relato del 17 de octubre, me puse a pensar que mi abuelo, como tantos otros, había estado ahí. Y me acordaba de todas esas charlas en que mi abuela no paraba de repetirme, cuando su memoria volvía sobre esos años gloriosos: Perón dignificó al trabajador.
Mientras leía, no podía dejar de pensar en cómo ese momento histórico había sido parte fundamental de la vida de mis abuelos. Incluso, ellos se conocieron en la Asociación Obrera Textil. Amor peronista, podría decir.

Entonces, anoche leí una biografía de Evita y, después, soñé con mi abuela.
El peronismo es, para mí, una de mis más fuertes y bellas convicciones.
También, la manera que encontré de volver a hablar con mi abuela (a pesar del tiempo, la distancia y la muerte que nos separan)

Sin dudas, tenía que escribir esto. No podía dejar que se me perdiera.
No sé si puede calificarse de literario. A fin de cuentas terminé apelando a la escritura autobiográfica.
Pero este sueño es mucho más valioso que cualquier poema o ficción que pudiera haber salido de mi cabeza.

O, ciertos sueños, como la literatura, son ficciones reconfortantes que, aunque sabemos que no existen, nos sosiegan y nos alegran mientras los atravesamos.




viernes, 1 de noviembre de 2013

E*** vuelve.

Para Néstor Perlongher.

Ya no se acuerda cómo se la cruzó
a aquella rubia de rodete despeinado
y rouge corrido,

aquella rubia que pasaba los treinta,
flaquita,
un poco desgarbada

y de temperamento sexual y atroz.

Ya no se acuerda.
Se acuerda, sí, 
del tufo mortuorio de aquél telo,
del olor a flores que vomitaban aquellas sábanas
amarillas y gastadas...

¿No había uno mejor?

...de esas pieles que le quedaban tan bien
a su cuerpo blanco y desnudo.

La había whatsapeado temprano.
Se quería asegurar el garche de la noche.
Porque era un pebete y le urgía ponerla
(como a todos los niños de su edad)

En esa apresurada impaciencia se zarpó con la rubia.
A una hembra como ella no se le hablaba en esos términos.

...

Así no se trata a una dama, pendejo.
¿No sabés que estás hablando con E***?
-Más respeto-

Más respeto.
Porque ella volvía para que él gozara de su cuerpo maltrecho y vejado,
de ese cuerpo amado y odiado
que venía desde el fondo del tiempo
a darle sus flores
y sus rubios desbordes.