El título viene a cuenta de mi aversión hacia aquella escritura que pretende ser meramente autobiográfica.
Una cosa es que cualquier tipo de escritura tenga cierto sustento autobiográfico: intereses, experiencias personales, gustos, preocupaciones de aquella persona o personas que se esconden detrás de la función de autor. Esto puede incidir, claro, en la elección de los temas que se aparecen en su escritura. Pero, otra cosa bien distinta, es convertir el papel en blanco en diván de psicoanalista y volcar, así nomás, sin mediación de nada, todo lo que a uno le pasa (creyendo que, por ponerle un par de rimas, esa cosa amorfa se convierte en un poema).
Esto empeora en el caso de lo que ahora se me ocurre llamar ¨intento de escribir literatura femenina¨. Parece que, por ser mina, los tópicos a elegir se reducen a: ¨los quilos de más¨, ¨el novio que me dejó¨, ¨el chongo que me trata mal¨, ¨aquel pibe que nunca me mandó un mensaje de nuevo¨ y otra sarta de sandeces por el estilo. Tampoco me hago la superada. Tengo que reconocer que, cuando empecé a escribir, se me chispoteó algún que otro intento de poemita plañidero y bobo sobre alguien que no me daba bola. Si buscan con atención, lo van a encontrar en alguna entrada perdida de este blog. En lugar de eliminarlo para siempre, me gusta tenerlo en cuenta para saber cómo no tengo que escribir o, al menos, para recordarme como no quiero volver a escribir.
En fin.
Esta disquisición tiene y no tiene que ver con lo que viene ahora.
Anoche soñé con mi abuela.
Mi abuela se murió hace casi seis meses.
Cada tanto la sueño y, en el sueño, ella me habla. Conversamos. Le cuento de mi cosas. Esto es particularmente valioso para mí porque, en los últimos ocho años de su enfermedad, mi abuela se olvidó quién era, se replegó sobre sí misma, le perdió el gusto -ese gusto tan nuestro- a la charla, a la conversación; esa costumbre de llegar a su casa y que yo le contara todo lo que me había pasado en el día y, ella, me diera algún que otro consejo y me relatara anécdotas legendarias sobre su pasado y su historia. Mi abuela, me doy cuenta, manejaba a la perfección el don de la palabra. Creo que, aún estando viva y estando bien, ella se forjó, para quien quisiera escucharla, el propio mito de sí misma.
Anoche, entonces, soñé con mi abuela.
Antes de dormirme, había estado leyendo una biografía de Evita. Me llamó la atención (en realidad, me encantó) la forma en que Perón, años después, contaba todo lo que le había generado esa chica menudita y rubia, que hablaba sin parar, en su primer encuentro en el Luna Park (ése que evita llamaba mi noche maravillosa):
Yo la miraba y sentía sus palabras que me conquistaban: estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada. Eva era pálida pero mientras hablaba su rostro se encendía como una llama.
Imposible no conmoverse. Quién hubiera pensado que detrás de ese conductor brillante se escondía un romántico empedernido.
(Seguro que acá muchos me van a saltar a la yugular y van a objetar varias cosas de la frase que acabo de escribir. Pero bueno, esos muchos, que se curtan)
Sigo.
El final de la carta que le escribió Perón a Evita:
Muchos pero muchos besos y recuerdos para mi chinita querida.
Mientras leía esto me acordaba de una carta que le escribió mi abuelo Julio a mi abuela un verano del sesenta y tantos, un verano en que ella y mi vieja, chiquita, se fueron a visitar a alguien a Entre Ríos, y mi abuelo quedó solo por unas semanas. Los mismos diminutivos cariñosos y los mismos besos exponenciales enviados por correo.
Más adelante, cuando llegó el relato del 17 de octubre, me puse a pensar que mi abuelo, como tantos otros, había estado ahí. Y me acordaba de todas esas charlas en que mi abuela no paraba de repetirme, cuando su memoria volvía sobre esos años gloriosos: Perón dignificó al trabajador.
Mientras leía, no podía dejar de pensar en cómo ese momento histórico había sido parte fundamental de la vida de mis abuelos. Incluso, ellos se conocieron en la Asociación Obrera Textil. Amor peronista, podría decir.
Entonces, anoche leí una biografía de Evita y, después, soñé con mi abuela.
El peronismo es, para mí, una de mis más fuertes y bellas convicciones.
También, la manera que encontré de volver a hablar con mi abuela (a pesar del tiempo, la distancia y la muerte que nos separan)
Sin dudas, tenía que escribir esto. No podía dejar que se me perdiera.
No sé si puede calificarse de literario. A fin de cuentas terminé apelando a la escritura autobiográfica.
Pero este sueño es mucho más valioso que cualquier poema o ficción que pudiera haber salido de mi cabeza.
O, ciertos sueños, como la literatura, son ficciones reconfortantes que, aunque sabemos que no existen, nos sosiegan y nos alegran mientras los atravesamos.
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