Son las 7.56 de la mañana. Afuera, suena
una moladora. Recuerdo todas las veces que me despertó refunfuñando una
moladora en Haedo. Las personas que usan moladoras deben levantarse temprano a
trabajar en todas partes del mundo (o, al menos, lo hacen en México y en
Argentina)
Recuerdo, también, un día que iba
caminando a tomar el camión, allá por la colonia Jardines de Mérida. Alguien
estaba cortando el pasto. El sonido de la máquina de cortar pasto me llevó
inmediatamente a esos sábados de jardinería de mí tío. Mi tío, luchando con el
pasto, con las plantas, con la flora de nuestro jardín haedense. Mi tío, con su
gorrita dada vuelta, su figura jovial a pesar de sus setenta y tantos años, su
shorcito de jugador de fútbol de los ochenta y sus ojotas; mi tío cortando el
pasto, mi tío protegiendo el gran millón de los perros, mi tío tomando mate y
mirando algún partido de Boca, mi tío en su silla de siempre.
Pienso en los sonidos compartidos de
este mundo doble que habito ahora. En los sonidos de la cotideanidad que se
repiten en dos lugares diferentes. En todas las veces en que desperté sin saber
bien en dónde estaba.
En lo mucho que extraño Buenos Aires:
las delicias simples de la sombra de sus árboles en alguna vereda de Caballito,
de la chicharra que suena cuando sacan un subte del taller por la noche, del
teléfono público olvidado e inútil que está en la puerta de mi casa, del
trayecto de mi edificio a la parada del bondi, de la avenida Directorio y del
126, de tomarme el tren los domingos para visitar a mi familia en Haedo.
Luego, pienso en lo mucho que voy a
extrañar Mérida cuando vuelva a Buenos Aires. Que voy a extañar el calor, la
humedad, las calles empedradas. Mi barrio, la Ermita, las vírgenes de
Guadalupe, los banderines de colores colgados por doquier, la catedral más
antigua de América Latina, los camiones horribles y destartalados, el mercado,
la luz del sol en las calles de Mérida, en los edificios de Mérida. Voy a
extrañar la forma en que hablan los mexicanos, voy a extrañar México, voy a
extrañar a I***. Voy a extrañar todo eso que nos hizo felices por un tiempo,
incluso las discusiones, mis enojos, sus chistes molestos, su manía de querer
hacerme engranar.