viernes, 21 de noviembre de 2014

Pienso

Son las 7.56 de la mañana. Afuera, suena una moladora. Recuerdo todas las veces que me despertó refunfuñando una moladora en Haedo. Las personas que usan moladoras deben levantarse temprano a trabajar en todas partes del mundo (o, al menos, lo hacen en México y en Argentina)
Recuerdo, también, un día que iba caminando a tomar el camión, allá por la colonia Jardines de Mérida. Alguien estaba cortando el pasto. El sonido de la máquina de cortar pasto me llevó inmediatamente a esos sábados de jardinería de mí tío. Mi tío, luchando con el pasto, con las plantas, con la flora de nuestro jardín haedense. Mi tío, con su gorrita dada vuelta, su figura jovial a pesar de sus setenta y tantos años, su shorcito de jugador de fútbol de los ochenta y sus ojotas; mi tío cortando el pasto, mi tío protegiendo el gran millón de los perros, mi tío tomando mate y mirando algún partido de Boca, mi tío en su silla de siempre.
Pienso en los sonidos compartidos de este mundo doble que habito ahora. En los sonidos de la cotideanidad que se repiten en dos lugares diferentes. En todas las veces en que desperté sin saber bien en dónde estaba.
En lo mucho que extraño Buenos Aires: las delicias simples de la sombra de sus árboles en alguna vereda de Caballito, de la chicharra que suena cuando sacan un subte del taller por la noche, del teléfono público olvidado e inútil que está en la puerta de mi casa, del trayecto de mi edificio a la parada del bondi, de la avenida Directorio y del 126, de tomarme el tren los domingos para visitar a mi familia en Haedo.
Luego, pienso en lo mucho que voy a extrañar Mérida cuando vuelva a Buenos Aires. Que voy a extañar el calor, la humedad, las calles empedradas. Mi barrio, la Ermita, las vírgenes de Guadalupe, los banderines de colores colgados por doquier, la catedral más antigua de América Latina, los camiones horribles y destartalados, el mercado, la luz del sol en las calles de Mérida, en los edificios de Mérida. Voy a extrañar la forma en que hablan los mexicanos, voy a extrañar México, voy a extrañar a I***. Voy a extrañar todo eso que nos hizo felices por un tiempo, incluso las discusiones, mis enojos, sus chistes molestos, su manía de querer hacerme engranar.

Voy a extrañar todo eso no con la nostalgia dulce de alguien que se va y vuelve y sabe que vuelve para quedarse, sino con la certeza de que ya estoy partida entre dos mundos. Con la certeza de que me gusta ser local pero que también me gusta ser extranjera.