La respuesta más rápida y más sincera: me da paja.
Sí, paja. Escribir ¨seriamente¨ implica un enorme y descomunal trabajo intelectual. Ni hablar, si se trata de escribir poesía.
La poesía es uno de los géneros más difíciles de cultivar y, también, de los más bellos.
Es como la oveja negra de la lengua. No hay convención sintáctica, gramatical u ortográfica que valga. En su reino de libertar pueden torcerse y traspasarse todos los límites que la lengua nos impone a diario.
Pero, también, es uno de los géneros más exactos, rigurosos e, incluso, matemáticos que existen.
Pensemos, solamente, en la poesía española renacentista o barroca-para tener un ejemplo en nuestra lengua. Pensemos en su métrica, en su forma, en sus rimas, en sus recursos de estilo. No es una boludez escribir un soneto. Tampoco es una boludez escribir poesía (ya se acaten sus formas más clásicas, ya se decida romperlas)
Es que, escribir, no es una boludez.
Conlleva reflexión, ardua y meticulosa reflexión.
Implica organización y precisión.
Tiene más que ver con un trabajo de corrección constante y laboriosa
que con una inspiración súbita y repentina.
Trabajar, machacar, analizar, corregir, releer, articular, analizar, planificar, reflexionar.
Constantemente.
Para encontrar aquella tan anhelaba palabra justa.
Otra respuesta rápida y sincera: me da miedo.
Sí, miedo. Se han escrito tantas cosas brillantes y hermosas, que hasta me da miedo siquiera atreverme a comenzar. Sólo por el hecho de saber que lo que yo escriba probablemente ni se le comparará por lejos.
Pero bueno. Acá estoy. Escribiendo.
Quizás llegué a un punto en mi vida en el que el placer de escribir le gana por goleada a la paja y al miedo.
lunes, 26 de noviembre de 2012
viernes, 23 de noviembre de 2012
el consultorio del doctor A***.
Hasta la puerta de entrada parecía normal. Un consultorio como cualquier otro. Un portero eléctrico normal. Como cualquier otro. Dorado, con marcas de dedos, hacía riiing. Normal. Tocó el ***. La recepcionista. Alguien bajaba a abrir. Una señora con cara de buena, vestida de enfermera. Supuso que era enfermera. Entró, saludó amable, como era su costumbre. No se miró en el espejo, como era su costumbre.
La señora ofreció subir por el ascensor.
-Por la escalera, total es un piso- dijo. Sonrió. Le gustaba ser amable.
El pasillo desembocaba en el consultorio del Dr. A***. Puerta normal. De madera, con la letra *** dorada, indicando qué departamento era. Como cualquier otra.
Pero, cuando cruzó el umbral, se percató de que ese consultorio no era como cualquier otro.
Quizás lo fuera hace como veinte o treinta años atrás. Pero ahora quedaba ridículamente fuera del presente. El signo más palpable de lo fuera del tiempo que estaba ese lugar, era la sensación constante de que todo ahí adentro era viejo y lleno de polvo. Los libros, los muebles, los adornitos, la y el recepcionista. Todo. Todo estaba como un poco sucio.
La recepcionista parecía muy amable. El recepcionista -o, al menos, pensó que era un recepcionista, porque estaba en frente de una computadora, muy vieja también, y hablando por teléfono todo el tiempo, con una de esas voces graves y con aires de suficiencia que resultan insoportables- le pareció extraño.
La recepcionista tomó sus datos personales y le preguntó cosas, con voz de fumadora. Estuvo un tiempo contemplando a la recepcionista mientras hacía su trabajo. Rubia, con flequillo, ojos grandes y claros, llenos de rimel y delineador. Una nariz redonda en la punta. Parecía que ponía mucho empeño en que no se le notara el paso del tiempo, aunque sin éxito.
-Sentáte y el Dr. A*** ya te atiende-
-Bueno-
Los sillones eran muy extraños también. Verdes y de una tela afelpada. Seguramente juntaban mucho polvo.
Volvió a mirar al recepcionista. Más que extraño, era bizarro.
Bizarro. Esa era la palabra justa, exacta, precisa, para describir a ese consultorio. Bizarro.
Entonces supo que aquello por lo que había ido, nunca surtiría efecto.
La señora ofreció subir por el ascensor.
-Por la escalera, total es un piso- dijo. Sonrió. Le gustaba ser amable.
El pasillo desembocaba en el consultorio del Dr. A***. Puerta normal. De madera, con la letra *** dorada, indicando qué departamento era. Como cualquier otra.
Pero, cuando cruzó el umbral, se percató de que ese consultorio no era como cualquier otro.
Quizás lo fuera hace como veinte o treinta años atrás. Pero ahora quedaba ridículamente fuera del presente. El signo más palpable de lo fuera del tiempo que estaba ese lugar, era la sensación constante de que todo ahí adentro era viejo y lleno de polvo. Los libros, los muebles, los adornitos, la y el recepcionista. Todo. Todo estaba como un poco sucio.
La recepcionista parecía muy amable. El recepcionista -o, al menos, pensó que era un recepcionista, porque estaba en frente de una computadora, muy vieja también, y hablando por teléfono todo el tiempo, con una de esas voces graves y con aires de suficiencia que resultan insoportables- le pareció extraño.
La recepcionista tomó sus datos personales y le preguntó cosas, con voz de fumadora. Estuvo un tiempo contemplando a la recepcionista mientras hacía su trabajo. Rubia, con flequillo, ojos grandes y claros, llenos de rimel y delineador. Una nariz redonda en la punta. Parecía que ponía mucho empeño en que no se le notara el paso del tiempo, aunque sin éxito.
-Sentáte y el Dr. A*** ya te atiende-
-Bueno-
Los sillones eran muy extraños también. Verdes y de una tela afelpada. Seguramente juntaban mucho polvo.
Volvió a mirar al recepcionista. Más que extraño, era bizarro.
Bizarro. Esa era la palabra justa, exacta, precisa, para describir a ese consultorio. Bizarro.
Entonces supo que aquello por lo que había ido, nunca surtiría efecto.
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