Porque puedo decir que estuve en La Habana, en el bar la Floridita, aquel en el que Hemingway se sentaba a tomar su daiquiri sin azúcar (era diabético) y a escribir París era una fiesta. Ahí mismo estaba yo, tomando un ron, mientras sonaba Dos gardenias. Y, de repente, el mozo avisa que van a llegar los bisnietos del Ernest a conocer el lugar.
Lo curioso es que ya había olvidado que ese bar existía. En algún momento había guardado el dato en la memoria, pero al llegar a la Habana lo había olvidado. Caminado por sus calles, miré hacia arriba y vi la firma de Hemingway en un cartel y lo recordé. Y entré. De casualidad. Y, de casualidad, ese mismo día, cayeron sus bisnietos.
Así es, una de las tantas sorpresas gratas con las que me sorprendió esa ciudad que alguna vez llamaron La perla del caribe.