Todo lo que se termina deja un sabor amargo.
Quizás porque anticipa el paso apretado de la muerte
que se nos viene inexorable y apurada
o porque nos recuerda cómo lo bello se pudre rápido
como la flor del henequén
que nace y muere hermosa en una noche.
O, simplemente,
porque nos hunde en delirios imposibles
del qué podría haber pasado
si
todo lo que se terminara
no se hubiera terminado
si durara más tiempo
-para siempre
o un minuto más-
y nos llenara de mieles la garganta
y el cuerpo entero
en lugar de empaparnos de esos delirios
esos sabores
esas muertes
y esos miedos
que nos deja
todo aquello que se termina.
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