El día que cagaste a patadas a aquella supervisora que te hacía la vida imposible en el laburo.
Eso también me lo contaste un mediodía.
Qué buena historia.
Tenías un novio policía que te había aconsejado que le dieras patadas en el traste porque después no se iba a animar a mostrar los moretones (por vergüenza).
Así que fuiste y la cagaste a patadas, porque era una chota (las trataba mal a vos y a tus compañeras de la fábrica de bombones)
El resto no me lo acordé -ni me lo acuerdo ahora tampoco, no de tu boca- por mucho tiempo.
El día del velatorio me contó mamá que después de eso te habías ido a asesorar al sindicato y que ahí lo conociste al abuelo.
Mamá me dijo que también te hiciste delegada de tu fábrica.
Un verdadero amor peronista.
No me acuerdo mucho más, prometo averiguar los detalles y escribir la historia como corresponde.
Volviendo a mi vida de hoy, pienso en todas estas cosas y sólo puedo decir que los troskos que critican al peronismo se pueden ir bien a la mierda.
Porque ellos no entienden que la política no es meter una serie de sucesos en una serie de cajitas intelectualoides de conceptos y prescripciones.
La política es eso que atraviesa la vida de las personas y que conjuga lo colectivo y lo individual, y lo hace historia.
martes, 30 de julio de 2013
No sé qué título ponerle a esto.
Edith Hamilton de Barbiero.
Como no quiero que te mueras, te voy a escribir.
El día que yo me muera todos estos recuerdos tuyos que te retienen conmigo también se van a morir. De modo que para salvarlos de lo inevitable, te voy a escribir. De a poco, como venga, de cualquier forma: así te voy a escribir.
Me acabo de acordar de las letras de tu nombre escritas en el vestíbulo de la funeraria, el día de tu velorio. Letras blancas sobre un fondo negro, letras que algún empleado desconocido arregló no sé cuánto tiempo antes de que llegáramos. ¿Qué sabía quién eras vos?
Me puso triste que fuéramos tan poquitos: mamá, papá, el tío y yo. También estaba Iván. Después los amigos de mi vieja. Éramos pocos. Éramos familia.
Me acuerdo que tu hermano te dijo: ¨Adiós compañera¨.
Me acuerdo ahora de cuando yo tenía seis años y le escuché decir a mamá que tenías artritis o artrosis y que no ibas a poder caminar más. Me acuerdo que imaginé que iba a tener que agarrarte los pies para ayudarte a caminar. A pesar de eso (y de que estabas gorda y de que tenías presión alta y de que ya no pudiste caminar como antes) tu cabeza iba para todos lados.
Y te deleitaba escucharnos -a tus dos hijas, mamá y yo- contar la historia de nuestras vidas, esas vidas nuestras que transcurrían afuera de tu cuarto, de tu casa y que un poco vivías vos también.
Sí, sabés que me acuerdo de nuestros almuerzos, cuando volvía del colegio. Los almuerzos en que picabas ajo y le decías a Antonieta que no se olvidara de ponerle sal a la comida (Discutían pero Antonieta era tu amiga y cuando te moriste ella se puso triste también)
Es que cuando te fuiste se terminó un momento.
Primero se te fueron las ganas de vivir y estuviste no sé cuántos años metida en esa cama sin moverte. Qué cruel. Es como si te hubieras ido dos veces. Te apagaste. Y ya te extrañaba. ¿A dónde se había ido mi abuela, esa abuela que me hablaba de Perón -te encantaba decir ¨Perón dignificó al trabajador¨ y contarme de su caballo Pinto-, que me contaba de mi abuelo -tu gran amor-, que siempre me pedía ¨un dedito más de fernet¨, esa abuela fuerte que tenía esa alegría envidiable y ese carácter tan arrollador?
Después te fuiste otra vez, en el hospital, un viernes de mayo.
La verdad es que te extraño. Me encantaría contarte todas las cosas que estoy haciendo ahora.
Mi imaginación me convence de que de alguna manera vos sabés.
Como no quiero que te mueras, te voy a escribir.
El día que yo me muera todos estos recuerdos tuyos que te retienen conmigo también se van a morir. De modo que para salvarlos de lo inevitable, te voy a escribir. De a poco, como venga, de cualquier forma: así te voy a escribir.
Me acabo de acordar de las letras de tu nombre escritas en el vestíbulo de la funeraria, el día de tu velorio. Letras blancas sobre un fondo negro, letras que algún empleado desconocido arregló no sé cuánto tiempo antes de que llegáramos. ¿Qué sabía quién eras vos?
Me puso triste que fuéramos tan poquitos: mamá, papá, el tío y yo. También estaba Iván. Después los amigos de mi vieja. Éramos pocos. Éramos familia.
Me acuerdo que tu hermano te dijo: ¨Adiós compañera¨.
Me acuerdo ahora de cuando yo tenía seis años y le escuché decir a mamá que tenías artritis o artrosis y que no ibas a poder caminar más. Me acuerdo que imaginé que iba a tener que agarrarte los pies para ayudarte a caminar. A pesar de eso (y de que estabas gorda y de que tenías presión alta y de que ya no pudiste caminar como antes) tu cabeza iba para todos lados.
Y te deleitaba escucharnos -a tus dos hijas, mamá y yo- contar la historia de nuestras vidas, esas vidas nuestras que transcurrían afuera de tu cuarto, de tu casa y que un poco vivías vos también.
Sí, sabés que me acuerdo de nuestros almuerzos, cuando volvía del colegio. Los almuerzos en que picabas ajo y le decías a Antonieta que no se olvidara de ponerle sal a la comida (Discutían pero Antonieta era tu amiga y cuando te moriste ella se puso triste también)
Es que cuando te fuiste se terminó un momento.
Primero se te fueron las ganas de vivir y estuviste no sé cuántos años metida en esa cama sin moverte. Qué cruel. Es como si te hubieras ido dos veces. Te apagaste. Y ya te extrañaba. ¿A dónde se había ido mi abuela, esa abuela que me hablaba de Perón -te encantaba decir ¨Perón dignificó al trabajador¨ y contarme de su caballo Pinto-, que me contaba de mi abuelo -tu gran amor-, que siempre me pedía ¨un dedito más de fernet¨, esa abuela fuerte que tenía esa alegría envidiable y ese carácter tan arrollador?
Después te fuiste otra vez, en el hospital, un viernes de mayo.
La verdad es que te extraño. Me encantaría contarte todas las cosas que estoy haciendo ahora.
Mi imaginación me convence de que de alguna manera vos sabés.
Para Edith (pedazos de memoria recuperada)
Me pasa que empecé psicoanálisis hace unos meses y, de repente, me acuerdo de un montón de cosas.
Recuerdos partidos, nítidos, saltarines, que aparecen de repente, como un baldazo de memoria recuperada.
Me asombra, me asombra mucho, haber vivido cosas que olvidé y que súbitamente recupero.
Ahí estoy yo, de chica, de niña; más tarde adolescente. Está mi abuela cuando estaba bien y éramos felices, esa tríada feliz e intrincada que éramos (y somos todavía) mi abuela, mi vieja y yo.
Acá (pienso que señalo mi cabeza) estás viva abuela, más viva que cuando estabas viva y no te acordabas, más viva que nunca.
Me hablás y te reís. Y te tomás un fernecito.
Recuerdos partidos, nítidos, saltarines, que aparecen de repente, como un baldazo de memoria recuperada.
Me asombra, me asombra mucho, haber vivido cosas que olvidé y que súbitamente recupero.
Ahí estoy yo, de chica, de niña; más tarde adolescente. Está mi abuela cuando estaba bien y éramos felices, esa tríada feliz e intrincada que éramos (y somos todavía) mi abuela, mi vieja y yo.
Acá (pienso que señalo mi cabeza) estás viva abuela, más viva que cuando estabas viva y no te acordabas, más viva que nunca.
Me hablás y te reís. Y te tomás un fernecito.
miércoles, 24 de julio de 2013
Cuando alguien se muere.
Hay muchas formas de llevar a cabo el duelo.
Mi abuela se fue hace dos meses y estoy descubriendo las maneras en que yo estoy haciendo mi propio duelo.
Lloré mucho cuando todo era reciente.
Ahora me gusta cerrar los ojos y pensar que en mis recuerdos ella está viva, muy viva, muy presente.
De hecho lo está.
Desde que se murió, estoy más peronista que nunca.
Me acuerdo de miles de anécdotas que ella me contó de su militancia.
También, de otras tantas de su vida cotidiana, tan pintoresca, tan hermosa y tan intensa.
Edith era intensa y pasional, y así vivió.
Tenía sus defectos, como todos, era avasallante y absorvente -un sargento-.
Sorprendentemente, no sólo sobrellevo su ausencia usando las bufandas que tejió y su batón colorado.
Me volví un poco criticona y avasallante, también.
Pero bueno.
Antes me la daba de atea y decía con ligereza que todo se terminaba con la muerte.
Ahora, no sé. La verdad es que no lo sé.
Me gusta pensar que mi abuela está ahora con mi abuelo, amándose de nuevo en el cielo peronista.
Mi abuela se fue hace dos meses y estoy descubriendo las maneras en que yo estoy haciendo mi propio duelo.
Lloré mucho cuando todo era reciente.
Ahora me gusta cerrar los ojos y pensar que en mis recuerdos ella está viva, muy viva, muy presente.
De hecho lo está.
Desde que se murió, estoy más peronista que nunca.
Me acuerdo de miles de anécdotas que ella me contó de su militancia.
También, de otras tantas de su vida cotidiana, tan pintoresca, tan hermosa y tan intensa.
Edith era intensa y pasional, y así vivió.
Tenía sus defectos, como todos, era avasallante y absorvente -un sargento-.
Sorprendentemente, no sólo sobrellevo su ausencia usando las bufandas que tejió y su batón colorado.
Me volví un poco criticona y avasallante, también.
Pero bueno.
Antes me la daba de atea y decía con ligereza que todo se terminaba con la muerte.
Ahora, no sé. La verdad es que no lo sé.
Me gusta pensar que mi abuela está ahora con mi abuelo, amándose de nuevo en el cielo peronista.
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