El día que cagaste a patadas a aquella supervisora que te hacía la vida imposible en el laburo.
Eso también me lo contaste un mediodía.
Qué buena historia.
Tenías un novio policía que te había aconsejado que le dieras patadas en el traste porque después no se iba a animar a mostrar los moretones (por vergüenza).
Así que fuiste y la cagaste a patadas, porque era una chota (las trataba mal a vos y a tus compañeras de la fábrica de bombones)
El resto no me lo acordé -ni me lo acuerdo ahora tampoco, no de tu boca- por mucho tiempo.
El día del velatorio me contó mamá que después de eso te habías ido a asesorar al sindicato y que ahí lo conociste al abuelo.
Mamá me dijo que también te hiciste delegada de tu fábrica.
Un verdadero amor peronista.
No me acuerdo mucho más, prometo averiguar los detalles y escribir la historia como corresponde.
Volviendo a mi vida de hoy, pienso en todas estas cosas y sólo puedo decir que los troskos que critican al peronismo se pueden ir bien a la mierda.
Porque ellos no entienden que la política no es meter una serie de sucesos en una serie de cajitas intelectualoides de conceptos y prescripciones.
La política es eso que atraviesa la vida de las personas y que conjuga lo colectivo y lo individual, y lo hace historia.
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