martes, 30 de julio de 2013

No sé qué título ponerle a esto.

Edith Hamilton de Barbiero.

Como no quiero que te mueras, te voy a escribir.
El día que yo me muera todos estos recuerdos tuyos que te retienen conmigo también se van a morir. De modo que para salvarlos de lo inevitable, te voy a escribir. De a poco, como venga, de cualquier forma: así te voy a escribir.
Me acabo de acordar de las letras de tu nombre escritas en el vestíbulo de la funeraria, el día de tu velorio. Letras blancas sobre un fondo negro, letras que algún empleado desconocido arregló no sé cuánto tiempo antes de que llegáramos. ¿Qué sabía quién eras vos?
Me puso triste que fuéramos tan poquitos: mamá, papá, el tío y yo. También estaba Iván. Después los amigos de mi vieja. Éramos pocos. Éramos familia.
Me acuerdo que tu hermano te dijo: ¨Adiós compañera¨.
Me acuerdo ahora de cuando yo tenía seis años y le escuché decir a mamá que tenías artritis o artrosis y que no ibas a poder caminar más. Me acuerdo que imaginé que iba a tener que agarrarte los pies para ayudarte a caminar. A pesar de eso (y de que estabas gorda y de que tenías presión alta y de que ya no pudiste caminar como antes) tu cabeza iba para todos lados.
Y te deleitaba escucharnos -a tus dos hijas, mamá y yo- contar la historia de nuestras vidas, esas vidas nuestras que transcurrían afuera de tu cuarto, de tu casa y que un poco vivías vos también.
Sí, sabés que me acuerdo de nuestros almuerzos, cuando volvía del colegio. Los almuerzos en que picabas ajo y le decías a Antonieta que no se olvidara de ponerle sal a la comida (Discutían pero Antonieta era tu amiga y cuando te moriste ella se puso triste también)
Es que cuando te fuiste se terminó un momento.
Primero se te fueron las ganas de vivir y estuviste no sé cuántos años metida en esa cama sin moverte. Qué cruel. Es como si te hubieras ido dos veces. Te apagaste. Y ya te extrañaba. ¿A dónde se había ido mi abuela, esa abuela que me hablaba de Perón -te encantaba decir ¨Perón dignificó al trabajador¨ y contarme de su caballo Pinto-, que me contaba de mi abuelo -tu gran amor-, que siempre me pedía ¨un dedito más de fernet¨, esa abuela fuerte que tenía esa alegría envidiable y ese carácter tan arrollador?
Después te fuiste otra vez, en el hospital, un viernes de mayo.
La verdad es que te extraño. Me encantaría contarte todas las cosas que estoy haciendo ahora.
Mi imaginación me convence de que de alguna manera vos sabés.




No hay comentarios:

Publicar un comentario