La respuesta más rápida y más sincera: me da paja.
Sí, paja. Escribir ¨seriamente¨ implica un enorme y descomunal trabajo intelectual. Ni hablar, si se trata de escribir poesía.
La poesía es uno de los géneros más difíciles de cultivar y, también, de los más bellos.
Es como la oveja negra de la lengua. No hay convención sintáctica, gramatical u ortográfica que valga. En su reino de libertar pueden torcerse y traspasarse todos los límites que la lengua nos impone a diario.
Pero, también, es uno de los géneros más exactos, rigurosos e, incluso, matemáticos que existen.
Pensemos, solamente, en la poesía española renacentista o barroca-para tener un ejemplo en nuestra lengua. Pensemos en su métrica, en su forma, en sus rimas, en sus recursos de estilo. No es una boludez escribir un soneto. Tampoco es una boludez escribir poesía (ya se acaten sus formas más clásicas, ya se decida romperlas)
Es que, escribir, no es una boludez.
Conlleva reflexión, ardua y meticulosa reflexión.
Implica organización y precisión.
Tiene más que ver con un trabajo de corrección constante y laboriosa
que con una inspiración súbita y repentina.
Trabajar, machacar, analizar, corregir, releer, articular, analizar, planificar, reflexionar.
Constantemente.
Para encontrar aquella tan anhelaba palabra justa.
Otra respuesta rápida y sincera: me da miedo.
Sí, miedo. Se han escrito tantas cosas brillantes y hermosas, que hasta me da miedo siquiera atreverme a comenzar. Sólo por el hecho de saber que lo que yo escriba probablemente ni se le comparará por lejos.
Pero bueno. Acá estoy. Escribiendo.
Quizás llegué a un punto en mi vida en el que el placer de escribir le gana por goleada a la paja y al miedo.
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