Para Néstor Perlongher.
Ya no se acuerda cómo se la cruzó
a aquella rubia de rodete despeinado
y rouge corrido,
aquella rubia que pasaba los treinta,
flaquita,
un poco desgarbada
y de temperamento sexual y atroz.
Ya no se acuerda.
Se acuerda, sí,
del tufo mortuorio de aquél telo,
del olor a flores que vomitaban aquellas sábanas
amarillas y gastadas...
¿No había uno mejor?
...de esas pieles que le quedaban tan bien
a su cuerpo blanco y desnudo.
La había whatsapeado temprano.
Se quería asegurar el garche de la noche.
Porque era un pebete y le urgía ponerla
(como a todos los niños de su edad)
En esa apresurada impaciencia se zarpó con la rubia.
A una hembra como ella no se le hablaba en esos términos.
...
Así no se trata a una dama, pendejo.
¿No sabés que estás hablando con E***?
-Más respeto-
Más respeto.
Porque ella volvía para que él gozara de su cuerpo maltrecho y vejado,
de ese cuerpo amado y odiado
que venía desde el fondo del tiempo
a darle sus flores
y sus rubios desbordes.
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