Miriam vive.
Miriam se pasea por la vida.
En un voluptuoso andar
de caderas y de rulos
que deja a su paso
vive.
Está ahí
En la cama blanca de dos plazas
de algún telo rasca
de mala muerte
de Temperley
un telo barato
con olor a podrido,
ventanas tremendas
que fagocitan
andares y gemidos.
Con su boca roja
entre las piernas
de algún macho perdido
con esas tetas blancas
de pezones de caramelo
cubiertos por sus rulos
negros y efervescentes
con ese cuerpo trémulo
y sin candor
entre las piernas
de su macho perdido
vive.
Vive.
Gotea.
Le gusta el sexo.
Le gusta fingir que no
le gusta
perder su boca roja
entre las pierdas
de su machito escondido.
Luego
se pone de nuevo su camisa
que casi revienta por la presión
de sus tetas blancas y sus pezones de caramelo
se pone otra vez
una bombacha grande
desparramada de deseo
se viste, se arregla.
Luego, vive y vuelve
a esa vida marital vacía que con tanto ahínco protege
a sus hijos
a sus estampitas
de vírgenes mal cogidas.
Vive y vuelve
a pensar que le gustaría volver
a esa cama blanca
de ese telo rasca
al aroma de la pija tierna
de su machito empedernido.
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