miércoles, 27 de febrero de 2013

Hugo sueña.

Hugo sueña y hay una estación de tren que es el asidero de sus sueños.
La vida lo ha levantado temprano para ir a trabajar.
La fábrica lo espera.
Antes de eso, lo espera el tren, lo espera el viaje, lo espera la espera.
Sentado en un banco de la estación, Hugo sueña.
Se imagina ser otro, se imagina en otra vida.
Se piensa lejos de la cadena de producción, lejos de los horarios de mierda,
lejos de la vil entrega diaria de su plusvalía.
Más lejos aún, se sigue soñando Hugo, de las madrugadas invernales
en que ha salido caminando pisando la escarcha y la ilusión.
Hugo sueña. El cigarrillo en su boca lo acompaña.
Los dientes gastados, la sonrisa amplia.
Su sueño es lejano y simple.
Algún día, tal vez, algún día, pueda tener un trabajo tranquilo -piensa-
Un trabajo sin tarjetas que buchoneen el horario,
ni presentismos perdidos por minutos absurdos,
con un sueldo fijo,
días permitidos para el ocio
y horarios flexibles.

Hugo sueña. Le gustaría ser estatal.





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