sábado, 16 de febrero de 2013

Éstas no son historias de amor.

(a veces, para escribir, no es necesario inventar nada; a veces, para escribir, con la realidad alcanza)

Algún día ella te va a contar la historia de cómo se conocieron.
Pero por ahora no. Por ahora le saltan a la cabeza otros recuerdos. Imágenes nítidas de cuando ya se le había roto la fábula que se había creado para seguir creyendo que toda esa vida no era una mentira, era una necesidad.
A ver, una...

Adentro estaban Kant y Hegel.

...Me acuerdo de una vez que estábamos cenando con unos amigos de él; estábamos en el departamento de dos de sus amigos (bah, eran sus profesores, una pareja de cincuentones sabios). Entonces, estábamos en el departamento de ellos: S*** y J***. Cada tanto nos invitaban. Una cena en un departamento chiquito y lindo de Vicente López. Se tomaba vino y se hablaba de filosofía. Sí, un embole terrible. Eran los dos profesores cincuentones, que siempre hablaban de Kant y de Hegel, y los compañeros de facultad de él. Ahora que me acuerdo, qué emboles me pegaba! Creo que nunca metí bocado en esas conversaciones. Aunque yo no lo sabía todavía, la filosofía me interesaba muy poco. 

...Bueno, entonces en una de esas cenas, yo me acuerdo que estaba haciendo dieta. Una dieta muy pedorra que sólo podía comer carnes y proteínas, una gilada. Sí, sí, para ese tiempo nosotros ya estábamos viviendo juntos (qué locura hipérbolica esa) Entonces, la tragedia: sirvieron papas fritas. Algo habrá dicho él al respecto pero no me acuerdo. Me acuerdo que miré ese paquete nefando y me fijé las calorías que tenía. No me acuerdo cuántas, pero pensé -bueno, unas papitas no me van a hacer nada-. Vi de reojo la cara de culo automática que ponía cuando yo hacía algo que no le gustaba. No le presté mucha atención.

...Después vino la cena; un arroz integral con salsita y pollo. Estaba bastante bien, no me iba a salir tanto de la dieta. Mientras, él seguía hablando de alguna pelotudez filosófica, insoportablemente aburrida. Cada tanto le tiraba palos a su profesora cincuentona y a alguna de sus compañeras de facultad. Como siempre. Y, como siempre, yo aceptaba callada: ese había sido nuestro trato cuando nos conocimos. Si había algún reproche de mi parte, si había alguna escena de celos de mi parte, él siempre se remitía a aquel contrato original en el que yo -según él- había aceptado, de una vez y para siempre, que él era un seductor innato y que era una necesidad y hasta su deber seducir a cuanta mujer se le cruzara por el camino. 

Vale aclarar: al momento de aquél pacto originario y pedorrísimo, yo tenía unos dieciséis años. Él, unos veintidós. 

...Volviendo al pollo con el arroz integral. Me lo comí todo. Él ya me insinuaba que yo estaba a dieta y que me tenía que cuidar, porque él me había ayudado a hacer la dieta de mierda durante toda la semana y no daba que justo un sábado a la noche me saliera comiendo esas papas fritas traicioneras y ese arroz traidor. Pero bueno, yo ya me había salido, ya no podía volver atrás. Igual, me parece, que hasta ese momento no me había dado cabal cuenta del terrible error que estaba cometiendo al dejarme llevar por mi gula anti-dieta. 

Entonces: la torta.

Una torta de mierda, parecía riquísima. Me la tenía que comer. Creo que probé un bocadito chiquito y mezquino de esa torta maldita. Y ahí la cara de culo se exacerbó al máximo y empezaron los reproches. Él se indignó porque yo me cagaba en toda la ayuda que me había dado para hacer la dieta durante la semana. Me cagaba, como siempre, en lo que él había hecho por mí. No me acuerdo qué más dijo, pero me acuerdo que empezamos a discutir en medio de la cena. Sus amigos nos miraban de reojo y se hacían los boludos -esa actitud que la gente suele adoptar cuando una pareja se pelea.

Y nos fuimos al balcón, a seguir discutiendo. Ya me sentía culpable, triste, indefensa. Sentía que la había errado. Por qué mierda me había comido esa torta que ahora me traía tantos problemas?
Él gritaba y gritaba. Usaba frases filosóficas. Siempre citaba a los grandes filósofos en nuestras discusiones más nimias y pelotudas. 
Me gritaba, me increpaba, me acusaba. No recuerdo bien los argumentos pero sí me acuerdo de su cara desfigurada por la calentura. Esa vez se enojó bastante. Me tiró tanto del pelo que al ratito se me salían los mechones. 
Lloré. Sola. En un balcón de un departamentito lindo de Vicente López. Creo que se veía la noche y el río apacible a lo lejos. 
Lloré más. Él estaba al lado mío pero yo estaba sola. Con el cuero cabelludo adolorido, con los pelos que se me salían de a mechones, con la angustia de saber que otra vez había cometido un error que yo no había podido anticipar (pero, según él, tendría que haberlo hecho)

Me habrá pedido perdón esa noche porque después estaba todo bien y seguimos viviendo juntos.

Adentro, lejana y ausente de ese balcón tremebundo, estaba la cena, estaba la torta, estaban los sabios, estaban las papas, estaban Kant y Hegel.




No hay comentarios:

Publicar un comentario