viernes, 1 de marzo de 2013

las wachiturras de la calle Boulogne sur Mer.

Las vi y lo supe al instante. Esas chicas estaban destinadas a ser palabra.
Porque no eran chicas comunes y corrientes.
Eran las wachiturras de la calle Boulogne sur Mer.

Ellas caminaban displicentes por aquellas veredas atestadas de sordidez.
Ellas caminaban como sólo ellas pueden caminar.
A la manera de reinas distantes y sexuales.
Sus escotes tenían el influjo hechicero que retenía todas las miradas.
Abultados, exagerados, desbordantes.
Tenían la capacidad de detener el tránsito y el universo todo, si ellas lo hubieran querido.
Pero caminaban plácidas entre los ojos lascivos de machos anhelantes
que murmuraban semen en sus piropos y chiflidos.
Una rubia. La otra morocha.
Un tatuaje del nombre de alguien que no alcancé a ver
sobre el futuro alimento de sus críos
y la presente fantasía de los hombres.
Un short corto, cortísimo.
Un cinturón de cuero con tachas.
Una remera rosa, la campera también.
Las nalgas libres, sobresalientes, insinuantes.

Las wachiturras caminaban. Cruzaban Corrientes.
Señoras de la calle, impasibles a un mundo ajeno y desgarrador
que sólo veía en ellas tetas y culos, más no palabra.
Caminaban, las wachiturras, por la calle Boulogne sur Mer.







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