Era un día de mierda adentro de su cabeza. Y hacía mucho calor (el calor enloquece a cualquiera, pensó)
(por eso ando tan limado, pensó)
Era un día de mierda adentro de su cabeza
y afuera el calor que le aplastaba el cuerpo.
Tenía que ir a hacer unos trámites (de mierda, pensó)
Llegó. A uno de esos edificios grises que le chupan la alegría a cualquiera, llegó.
Se sentó en una silla (que seguro había sido blanca alguna vez, pero ahora no sabía bien de qué color era).
La silla de mierda estaba toda destartalada. Llegó. Se sentó. Casi se cae. Haciendo una maniobra extraña mantuvo el equilibrio (espero que no me haya visto nadie, pensó, qué vergüenza, pensó).
Al toque la silla de adelante se desocupó. La miró. Ésta no estaba tan hecha mierda.
Entonces se paró. Antes de sentarse, vio que arriba de la silla había un pelito chiquitito, cortito. Parecía un pendejo. Lo pensó dos segundos y se sentó (ya fue, me senté arriba de un pendejo, pensó, prefiero eso a caerme, pensó).
Esperó. Tenía un ventilador al lado que no paraba de hacer ruido. Giraba, giraba, y no paraba de hacer ruido (como la turbina de un avión del año del pedo, pensó).
Adelante otras filas de sillas destartaladas y de color indefinido. Otras personas. Unos boxes grises.
Abajo, el piso de parquet, un poco sucio, viejo y un poco sucio. Algún que otro papelito tirado por ahí.
Se percató de la mugre ancestral pegada en las patas de los escritorios (seguro que esa mugre está ahí hace como treinta años, pensó).
Arriba, el cartel del turno y de números rojos. No se movía nunca. Y el ventilador, al lado, que no paraba de hacer ruido.
(seguro me morí y estoy en el infierno, pensó)
Miró el celular. Titilaba la lucecita roja (de mierda, pensó)
Miró el celular, la lucecita roja y ella que no escribe. Una notificación pedorra de alguna pelotudez cualquiera (y ella que no escribe, pensó)
Le dieron ganas de estrolar el celular contra el piso (celular del orto, pensó).
Arriba, el cartel rojo inmóvil y una grieta en la pintura (la cicatriz del techo, pensó)
De nuevo la lucecita y de nuevo ella que no escribe (la concha de su madre, pensó)
Esto es el infierno, pensó.
La lucecita y ella que no escribe, pensó.
Un día de mierda, adentro y afuera de su cabeza.
Es demasiado para un hombre solo, pensó.
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