Iba en el 26, leyendo una novela que probablemente no terminaré en lo sucesivo, y me acordé que soñé con mi abuela.
No me parece casual que sus cenizas sobrevuelen mi inconsciente justo en este momento de mi vida.
Así es. Soñé con E. Iba en el 26 y me acordé que soñé con ella. Cerré la novela y me puse a recordar el sueño. También, en cómo iba a escribirlo. Porque quiero escribirlo. No quiero que se me pierda.
De nuevo, no me parece casual que me haya venido a visitar en sueños.
Llegué a casa, prendí un cigarrillo (porque eso tienen que hacer los escritores cuando escriben, fumar) y me puse a escribir.
El sueño era algo así.
Mi abuela estaba acostada en su cama, hablando con una amiga mía. Yo me ponía contenta porque mi abuela estaba hablando. Esa era una característica muy suya -hablar- y hacia el final de su vida, E. la perdió.
Mi abuela siempre estaba acostada en la cama. Estuvo veinte años acostada en su cama porque ya no podía caminar. Claro que un poco se movía. Pero la mayor parte del día estaba en la cama, en su cuarto, en su casa, en Haedo.
Me gustaría detenerme un poco en ese cuarto. La cama ocupaba el centro. Así como E. ocupaba el centro de nuestras vidas, su cama ocupaba el centro del cuarto. Y ella en esa cama, en el centro.
Era una cama de dos plazas, estilo Luis XV -eso decía mi abuela-.
Una mesita de luz a cada lado. En una, su velador. En el cajón de esa mesita de luz, E. guardaba todos sus papeles importantes: su documento, la foto de mi abuelo, algunas cartas que él le escribió. En la otra mesita, había un desfile de estatuitas de santos. El sagrado corazón de jesús, san cayetano, san expedito. Y una foto de mi abuelo, muerto hace muchos muchos años.
Arriba del respaldo de su cama, en la pared, un cuadro, también del sangrado corazón de jesús. Y un ramo de olivo -a veces seco, a veces fresco, dependiendo de qué tan cerca se estaba de la pascua.
Mi abuela, en la cama, hablando con mi amiga.
Hablaban.
Mi amiga le contaba que yo me iba a ir a México en unos meses. E. me miró y me dijo (porque de repente yo estaba sentada al costado de su cama): ¨a México¨.
Después, yo estaba con mi abuela preparando unos sánguches. Comíamos aceitunas. Yo le decía que las aceitunas estaban muy buenas. Y ella asentía. Hablábamos. Yo me ponía contenta porque ella estaba comiendo. Comer era algo que le gustaba mucho a E. y, de nuevo, hacia el final de su vida dejó de comer. Había que hacer malabares para que comiera.
En el sueño, yo sabía que se trataba de un sueño. Me acordaba que mi abuela estaba enferma y que ya no hablaba ni comía. Me desperté y recordé que ya se había muerto. Pero en el sueño estaba conmigo, comía, hablaba y se enteraba de que yo me iba a ir a México.
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En el colectivo venía pensando en todo esto y me acordé que ayer, en la librería donde trabaja D., me puse a mirar un libro de una señora que contaba sus viajes a distintos cementerios del mundo. Me indignó un poco que esa porquería se publicara: una prosa muy llana, con unas fotos muy malas, que ya iba por la segunda edición. Bueno, cosas que pasan.
Recuerdo que sonreí y me dije que en unos meses podría yo también visitar algún cementerio mexicano. Que conocería a algunos muertitos mexicanos y le podría sacar fotos a sus lápidas y demases.
Entonces, en el colectivo, pensé que podría inventar algún relato de cementerio, inventar un cementerio y sus muertos y sus historias y sus lápidas y sus epitafios, y escribir algo al respecto.
Luego recordé algunos muertos de mi vida:
mi abuela, don cholo, leonor, su marido.
Y pensé que podría escribir sus vidas, recordar algunas cosas, inventar otras.
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Caminando por Goyena me di cuenta de que no es necesario inventar demasiado. Mi imaginación no es muy prolífica. Pero me gusta mirar y recordar y escribir.
Creo que la escritura nos puede salvar del olvido.
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